Vivir con un seductor.

Vivir con un seductor. El otro lado de la seducción


La seducción, un juego erótico considerado por algunos un auténtico arte, precede al enamoramiento y, en ocasiones, da paso al amor. Pero, ¿qué sucede cuando un miembro de la pareja siempre hace las delicias de los demás?

Mi marido siempre es el centro de atención de todas las miradas. Atractivo, inteligente, atento… Desde que comenzamos a salir, hace cinco años, en más de una ocasión he tenido celos. Me sentía mal al ver lo que consideraba una actitud desleal, y tenía miedo de que en algún momento surgieran terceras personas. Pero ahora sé que no se esfuerza en seducir ni tiene malas intenciones. Su marcada personalidad, el interés que muestra hacia los demás y su facilidad para interactuar hacen de él una persona con mucho magnetismo”, comenta Marina, de 36 años.

Aunque, normalmente, cuando pensamos en la seducción, nos viene a la cabeza una forma de conquista dirigida a obtener una recompensa sentimental o sexual, lo cierto es que este término es mucho más amplio. Y hay quienes brillan por donde pasan sin proponérselo, sin segundas intenciones. “En su versión negativa, alguien con una personalidad seductora es el que consigue lo que desea usando artes de dudosa honestidad, pensando sólo en su propio beneficio. Pero, en su versión positiva, la personalidad seductora es la de alguien encantador, fascinante, atrayente, una persona que ilusiona y te motiva para hacer algo en beneficio mutuo, o incluso sólo en tu propio beneficio, de manera altruista. En realidad hay multitud de personalidades seductoras“, explica Alberto Hidalgo, psicólogo, experto en seducción y autor del libro Psicología y Seducción.

APRENDER A SEDUCIR

Según apuntan los especialistas, la capacidad para seducir comienza en la infancia y, además, puede entrenarse. “Aunque hay niños más seductores que otros, la capacidad para atrapar la atención, la confianza y el afecto de los demás no es genética, sino que exige entrenamiento y aprendizaje”, explica Alejandra Vallejo-Nágera, psicóloga, docente y autora del libro Psicología de la seducción. Eso sí, independientemente del objetivo que tenga cada uno, hay un denominador común: una dosis de provocación. “No es posible seducir a alguien ante quien pasamos desapercibidos -explica Vallejo-. Tenemos necesariamente que captar su atención, haciendo que el resto del mundo quede como murmullo de fondo. A veces esta llamada de atención es provocadora, pero es difícil no caer en el histrionismo. La llamada de atención más eficaz es aquella que funciona suavemente, sin que el destinatario sea consciente, de ello.”

SEDUCIR SIN PRETENDERLO

Si dejamos a un lado los tópicos, el verdadero seductor, lejos de ser aquel que -como indica Hidalgo- desea ser el centro de atención y tiene como fin “capturar presas o ganar medallas”, es aquella persona que se interesa por el resto sin buscar, necesariamente, una relación o contacto sexual. Y, como señala este psicólogo, también hay que tener en cuenta que cada uno tiene su fórmula. “Unas personas pueden exteriorizar afecto mediante un abrazo. Sin embargo, otras prefieren hacerlo con una caricia o un beso. Y, a su vez, a la hora de conseguir ese beso, unas lo intentarán pronunciando unas palabras amables y otras mediante una caricia. Son dos maneras de seducir con el mismo propósito: recibir un beso. Ambas están usando el mismo principio universal de seducción, ‘lo afectuoso’, pero cada una lo realiza de manera diferente.”

UNA FUENTE DE PROBLEMAS

Sofía, de 34 años, considerada por sus conocidos como una “seductora nata”, no responde al concepto de mujer fatal, pero es consciente de que siempre ha tenido lo que ella define como “gancho”. Mentalmente saludable, amable y conocedora de sus puntos fuertes, se mueve como pez en el agua en cualquier situación. Y, por supuesto, atrae las miradas de todos los que la rodean, algo que, en ocasiones, ha desatado malestar en Julio, su pareja. “Desde niña he tenido una especie de don para llevar a los demás a mi terreno. Nunca fui especialmente bella, pero sí simpática, cariñosa y, sobre todo, muy cercana, positiva y sociable. Quizás ésta es la causa de que mucha gente me defina como seductora, algo que para la persona con la que compartes tu vida no siempre resulta sencillo.

De hecho, mi novio, al principio, pensaba que provocaba, que mi conducta buscaba algo más, pero a medida que me fue conociendo se dio cuenta de que no es así. Creo que la personalidad influye, y para gustar a los demás primero hay que gustarse a uno mismo. Y para evitar conflictos hay que ponerse en el lugar del otro y ser sincero”, comenta Sofía, de 34 años. Como bien explica la psicóloga Anna Isabel Gil Wittke, son muchas las cualidades que pueden despertar el interés de los demás. “Más allá del físico, entendemos que la personalidad puede resultar un elemento de seducción. Una persona seductora es aquella que se comporta de una forma positiva, que resulta de agradable interacción. Se trata de personalidades que, en su desarrollo, han potenciado la capacidad de despertar deseo afectivo y/o sexual.”

AUTOESTIMA Y CONFIANZA

La autoestima, la valoración que hacemos de la información que tenemos sobre nosotros mismos y la confianza resultan claves para evitar que tener al lado a una persona seductora se convierta en un problema para la pareja y la destruya. “A menudo se descuida la relación de pareja una vez que ésta avanza. Yo suelo explicárselo a los pacientes con la siguiente metáfora: Si tienes un coche, para que éste funcione, lo más importante es ponerlo en marcha, pero una vez que arranca y avanza no se puede quitar la llave, no puedes abandonarlo y esperar que éste siga avanzando sin percances. La pareja requiere una inversión. Mantener la pasión y el deseo precisa una seducción consciente y sostenida. Además, hay que invertir en autoestima. Cuando uno tiene la necesidad de afecto puede buscar que su pareja sea quien la satisfaga. Pero antes de ello será necesario querernos a nosotros mismos y aceptarnos. Creernos y vernos atractivos aumenta la confianza en nosotros, y eso influye en nuestra forma de relacionarnos y de desear la interacción afectiva y sexual”, comenta Gil Wittke.

ACEPTAR AL OTRO

Lejos de abrir un frente de batalla que termine con la relación, y siempre y cuando queramos seguir con nuestra pareja, el único camino posible es aceptarlo y darle la vuelta a la tortilla. Considerar las cualidades que hacen brillar al otro como algo positivo y un bien preciado del que nosotros disfrutamos en primera persona es la mejor manera de dejar a un lado los celos y la inseguridad. “Es imprescindible aceptarlo y disfrutar las cualidades y atractivo de esa persona. De lo contrario, estaremos sometidos a un constante tormento de celos que no conduce a casi nada bueno. Es una injusticia enamorarse de un seductor/a precisamente porque posee esa cualidad, pero, una vez está con nosotros, pretender que deje de serlo. Como también es injusto enamorarse de alguien con ojos azules y pretender que deje de mirar a los demás. Si alguien nos gustó por su atractivo, es mejor comprender que esa característica puede gustar también a otros y que, lejos de ser algo malo, es algo bueno que tenemos la suerte de compartir”, concluye Vallejo-Nágera.

COMPRENDER LA SEDUCCIÓN

• La seducción no siempre es una forma de conquista dirigida a obtener una recompensa sentimental o sexual.
Hay personas que lo consiguen sin proponérselo, y no necesariamente está motivado por un deseo de traición o infidelidad.
• Hay multitud de personalidades seductoras. Entre ellas, la de alguien encantador, fascinante, atrayente, una persona que ilusiona y te motiva para hacer algo en beneficio mutuo, o incluso sólo en tu propio beneficio, de manera altruista.
• Aunque muchos tienen una facilidad asombrosa para seducir, esta habilidad comienza en la infancia y puede entrenarse.
• La autoestima, la valoración que hacemos de la información que tenemos sobre nosotros mismos y la confianza resultan claves para evitar que tener al lado a una persona seductora se convierta en un problema.
• Considerar las cualidades que hacen brillar al otro como algo positivo y un bien preciado del que nosotros disfrutamos en primera persona es la mejor manera de dejar a un lado los celos y la inseguridad.

CONSEJOS PARA PROTEGER A LA PAREJA

• Encontrar tiempo de calidad para dedicarle a ésta.
• Poner todo de tu parte para solucionar cualquier problema que os haya distanciado.
• Mimarla: abrazos, besos, caricias, masajes, etc.
• Regalos, sorpresas, detalles.
• Dialogar con frecuencia.
• Tener algún proyecto que os ilusione para crearlo juntos a corto, medio o largo plazo.
• Reforzar lo que os une y dejar a un lado las diferencias.
• Invertir tiempo en una vida sexual más placentera.
• Proponer actividades de ocio para realizar juntos.



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¡Que no te tomen el pelo!

Hoy es el día mundial en contra de la violencia de género, vamos a aprovechar para reflexionar.

A continuación os presento un estracto de lo que fue la presentación en contra de la violencia de género y la manipulación de los medios de comunicación que hemos realizado recientemente en los institutos de Torrevieja. El taller se titula "Que no te tomen el pelo". No es lo mismo sin las explicaciones, pero por lo menos os hacemos una invitación a reflexionar en la violencia de género como un problema social, educativo y de pensamiento.

En los medios de comunicación se habla de estadísticas e incluso de los detalles más morbosos en torno a la muerte, pero pocas veces se explica cómo comienza todo esto. Una no se casa con un hombre que de la noche a la mañana se vuelve un maltratador, antes hay señales, indicios que deberían de ser llamadas de atención y no relativizarlos ni disfrzarlos.

El cambio pasa por un cambio en la forma de las relaciones, en la valoración y el respeto, en la resolución de conflictos de forma adecuada.

Esperamos que os guste:























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"Después de ti"



Es curioso ver como el ser humano es capaz de amar y odiar con la misma intensidad. Nos comprometemos a unirnos a una persona, en principio, “pase lo que pase”, con el amor como alianza. Sin embargo ante la ruptura de ese amor, no siempre se rompe del todo la unión. El dolor que nos han hecho puede provocar en nosotros sentimientos de odio y rencor que no son fáciles de quitar. ¿Por qué nos cuesta perdonar? ¿Por qué nos es tan difícil dejar a un lado la amargura de dolor? ¿Por qué tratamos de olvidar y cada vez nos cuesta más? ¿Por qué nos cuesta soltar? ¿Qué es lo que nos da miedo?

En consulta, veo con cierta frecuencia a personas que vienen sin su pareja para pedir apoyo y asesoramiento sobre la decisión de divorciarse. En concreto, recuerdo un caso en el que el marido vino diciéndome que ya no aguantaba más, que sentía que su mujer le había ridiculizado, que estaba harto, cansado y muy dolido. Dijo que lo que quería era divorciarse, que ya no había vuelta atrás, que lo tenía claro, pero no podía dar el paso sólo. Cuándo le pregunte que le gustaría que sucediera en su vida que le ayudara a estar mejor, me respondió de forma rotunda que, si su mujer le pidiera perdón y quisiera tratarlo de forma más cariñosa, el también cambiaría, la perdonaría y lucharía por la relación. Es decir, que lo que en el fondo quería no era divorciarse, como decía, sino que su mujer se diera cuenta de su dolor y le mostrara el amor que tanto anhelaba.

Perdonar significa desprenderse del daño que esa persona nos ha causado. Y a veces, el dolor, es todo lo que nos queda de alguien a quien hemos amado con pasión. Puede que en el fondo sepamos que nos desvincularemos de verdad si soltamos el dolor. Y quizá, aún conservamos la ilusión de que la relación hubiera funcionado de otra manera. Un deseo o una necesidad nos susurra que esperemos, que merecemos ser amados y que una injusticia así no nos puede haber sucedido a nosotros. El dolor, inevitable en la vida, nos advierte, nos protege y a la vez nos vincula. Dicen que el tiempo lo cura todo, pero a nosotros nos gustaría que el daño lo repare quien lo causo. A lo mejor nos da miedo olvidar, pero perdonar no significa olvidar. Es más bien no tener en la cuenta pendiente lo que esa persona nos hizo. A veces no podemos esperar a que quien nos hirió nos pida perdón, porque no sucederá. Y si seguimos esperando sabemos que nos quedaremos en el lugar dónde nos lastimaron, donde nos abandonaron, donde nos decepcionaron. Cuando nos quedamos en ese lugar corremos el riesgo de que pase el tiempo y nos frustremos más aún, si cabe, con quien nunca volvió a pedir perdón, con el mundo que no comprende el dolor que sentimos y nos dice que “eso ya es agua pasada” y al fin al cabo con nosotros mismos por no poder avanzar.

Iniciar una relación amorosa puede ser algo maravilloso y es algo que por fortuna podemos escoger. Cuando esa relación termina también podemos decidir. Cuando vivimos el presente con resignación la experiencia es desagradable porque nos resistimos a algo inevitable que no escogemos. Cuando aceptamos lo que ha sucedido estamos decidiendo, tomamos las riendas y podemos soltar.

A veces no abandonamos el dolor porque lo consideramos una penitencia por la culpa que sentimos. Puede que esa culpa ni siquiera sea consciente. Pero, a lo mejor, la relacionamos con algo que hicimos anteriormente. Recuerdo una vez en la que una mujer estaba sufriendo por la agresividad constante de quien era su pareja en ese momento. Este hombre la ridiculizaba continuamente frente a los demás. Ella se sentía paralizada, incapaz de defenderse. Tras algunas sesiones en terapia descubrió que en el fondo se sentía así porque se seguía sintiendo culpable por haber sido una adolescente muy rebelde. Con su padre se llevaba bien, pero no se dio cuenta del daño que le hacía a su madre cuando la ridiculizaba frente a sus familiares y la tachaba de “pesada y anticuada” frente a sus amigas.

Puede que el dolor sea todo lo que nos queda de esa persona a la que amamos, pero quizá sea el momento de escoger. Avanzar supone un esfuerzo porque no tenemos garantías en un cien por cien de que vayamos a tener éxito. Escoger es un riesgo que implica una pérdida de lo que abandonamos pero una ganancia de algo más valioso, aunque sea el perdón, autonomía, o caminar en una nueva dirección. Perdonar es desvincularse. Decir adiós al pasado es una forma de saludar y abrazar el porvenir.


Un sólido egoísmo protege del amor, pero al final hay que ponerse a amar para no caer enfermo, y se cae enfermo cuando no se puede amar.

Freud.




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TERAPIA DE PAREJA



Por Maria Dolores Alarcón Soriano.



¿Qué es la terapia de pareja?


La terapia: acción y reflexión. El paciente es agente activo de su propio proceso. Este proceso lleva implícito una reflexión.

Dicho lo que es la terapia, habrá que matizar la diferencia entre la terapia individual y la de pareja:

- En la terapia de pareja, ambos miembros vienen a consulta porque reconocen que su malestar está relacionado con dificultades que tienen lugar en la relación con la pareja. En la terapia individual, la persona viene porque coloca su malestar en un problema individual. Por tanto, la pareja sitúa el malestar en esa relación por encima de que esté en otro lugar.

- Puesto que el malestar se sitúa en la relación con la pareja, se suele poner el origen del problema en el otro miembro. De ahí que, al comienzo de la terapia, cada miembro habla de lo que cree que el ocurre al otro, o cómo lo que hace el otro se convierte en un problema para uno mismo. En definitiva, se responsabiliza al otro miembro de los problemas que hay en la relación. Ambos están muy polarizados en los extremos. El proceso de terapia de pareja permite este acercamiento mutuo, que se consigue en la medida que cada uno asume su responsabilidad de las dificultades en la pareja. Así aunque se haga en pareja, la terapia es un proceso donde cada uno va a reflexionar sobre sí mismo para así poder acercarse al otro.


Objetivos de la terapia de pareja:


  1. Sacar a la pareja de su estancamiento. La pareja se ha estancado en posiciones extremas, y se trata de flexibilizar su comportamiento y sus dinámicas. Conseguir un equilibrio libre y flexible.
  2. Clarificar la relación. No se trata de salvar a toda costa la pareja, sino de que se llegue a una conclusión clara sobre lo que está ocurriendo y si ambos miembros están de acuerdo cambiar aspectos para continuar con la relación.
  3. Conocimiento de sí mismo: qué le lleva a uno a fijarse en esa actitud extrema, qué ideales le han hecho estar en esa postura, qué temores hay tras esos comportamientos; qué necesidades no satisfechas.
  4. Mayor comprensión para la pareja: tras conocimiento profundo de uno mismo, conocer y comprender también al otro; aceptarle como es y no como se quisiera que fuese (lo que no significa que se trate de dejar la relación tal como está y que se trata sólo de “tragar con los defectos del otro y ya está”; aclarar muy bien que no se trata de eso. Se trata de que “cada uno es como es”, pero se puede comportar de forma distinta. Tras esa compresión de uno mismo y del otro, las dinámicas entre la pareja cambiarán)

Sólo en apariencia hay un contraste polar entre ambos. En el fondo, son profundamente parecidos. Por eso se escogieron mutuamente para estar juntos.

  1. Conocimiento de la dinámica de pareja, cómo se ha ido desarrollando la situación problemática hasta la actualidad.

Es importante dejar claro, sin lugar a dudas, que parte de la hipótesis de todo conflicto conyugal es originado al 50% por los dos miembros de la pareja y que es inverosímil que uno de ambos sea más culpable que el otro.

El objetivo terapéutico a conseguir con la pareja será que cada uno busque una forma de relación que compagine óptimamente con las inclinaciones y aptitudes en que los miembros de la pareja se acepten con auténtica libertad, solidaridad y responsabilidad frente al otro miembro, a la familia y al entorno. Conocimiento, aceptación y responsabilidad de ese 50% de la relación.


¿Cuándo acudir a terapia de pareja?


Cuando se está dando una situación muy angustiante en la relación, de la que la pareja no se siente capaz de solventar por sí misma con los recursos con los que cuenta. No es necesario estar al borde de la ruptura.


¿Se puede hacer terapia de pareja con sólo un miembro?


Se puede trabajar una problemática de pareja con sólo un miembro de ellos que lo refiera. Esto ocurre porque la pareja, como una díada, es un sistema; y alterando el comportamiento de uno de los miembros de la pareja se altera el sistema. La perspectiva será la misma que trabajando en pareja: se tendrá en cuenta la dinámica existentes. No se trata de “curar al miembro de la pareja que es el que está loco” o de “enseñar a uno de ellos a cambiar al otro, que es el que realmente está mal”. Cada uno tiene la mitad de responsabilidad sobre los problemas que hay en la pareja. El miembro que acuda a terapia, asumirá esta parte y la modificará. Cambiando su parte, al ser la díada algo dinámico, el otro miembro también cambiará la suya. Lo que puede ser que ocurra es que estos “movimientos” que haga el otro, se dirijan hacia un acercamiento o hacia un alejamiento en la pareja.



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Vaginismo

Se trata de la dificultad para relajar los músculos de la entrada de la vagina impidiendo así la intromisión del pene. Ante el intento de penetración se produce un espasmo muscular en la vagina que hace que ésta este tensa y que no se dilate. Es como una “protección” física de la vulva ante una alarma de origen psíquico que indica “peligro”. Recodemos que el sexo no es algo superficial que te quitas o te pones, este se entiende vinculado, no sólo a lo físico, también a las emociones y pensamientos. Por eso pensar en que la penetración va a ser dolorosa o algo por el estilo produce emociones tales como miedo, angustia, tristeza, etc. Estas emociones, pongamos por ejemplo la emoción de miedo, puede dar lugar a un nivel de ansiedad tan elevado que provoque la respuesta física de la contracción vaginal. En este estado cualquier intento de penetración resulta doloroso, con lo que se confirma el miedo precedido por la idea del dolor. El “aprendizaje” se refuerza de este modo y la próxima vez es probable que el nivel de ansiedad se intensifique.


Lo cierto es que hay muchas causas que pueden provocar esta disfunción, no sólo son los pensamientos, ideas, creencias, etc. Experiencias traumáticas de abusos, violaciones, maltrato o simplemente haber practicado el sexo en un ambiente no deseado, con alguien en quien no se confiaba o bajo cierta presión. Estos recuerdos median a la hora de una futura relación sexual que, si se asocia a las anteriores, puede experimentarse emociones parecidas o simplemente tensión muscular y angustia.


La mayoría de mujeres que padecen este sufrimiento con la penetración pueden no presentar problema alguno para el goce sexual, siempre y cuando se tenga la certeza de que no se va a producir ningún intento de penetración repentino.


La pareja hay ocasiones en las que se adapta a cambio de realizar otra serie de actividades sexuales placenteras como el sexo oral, la masturbación mutua y otro tipo de prácticas. Otras veces la pareja no comprende esta dificultad, se frustra y presiona a la mujer para que haga algo al respecto, llegando a plantear un ultimátum. Hay algunas parejas que antes de pedir ayuda, abandonan la relación. En otras ocasiones las parejas no presentan grandes problemas hasta el momento en el que quieren tener hijos. A veces el miedo es tal, que unido a la poca esperanza en poder superar este problema, lleva a un matrimonio a tratar de ingeniárselas para tener hijos sin tener que realizar la penetración. Un práctica que plantean a veces es depositar el semen lo más próximo a la entrada de la vagina.


Lo cierto es que la metodología para superar esta disfunción es muy efectiva. En palabras de la propia Kaplan “la respuesta sexual al tratamiento es excelente”. Según Master y Johnson “es una La parte más simple de éste es la premisa del descondicionamiento de un comportamiento a un estímulo. Es algo así como separar la reacción de la contracción de los músculos perineales, en especial el músculo constrictor de la vulva, del intento de penetración. Esta parte, que parece ser sencilla se complica si no se ha reducido el nivel de ansiedad. Para ello hay que trabajar en los recuerdos traumáticos que se puedan tener de relaciones anteriores, o bien, en las ideas y pensamientos que se han generado respecto a la sexualidad en general y la penetración en concreto.


Antes de llevar a la práctica el tratamiento conviene descartar cualquier afección física como por ejemplo el himen perforado, la doble vagina, atresia vaginal, etc. Esto requiere de una exploración ginecológica.


Es importante recordar que la relación sexual no se reduce a la penetración, ni es incompleta si no se da ésta. Ahora bien, la limitación de no poder realizar la intromisión del pene puede generar un sentimiento de frustración y un dolor prolongado en ambos miembros de la relación. Por eso pedir ayuda a un profesional se convierte en una guía útil y esclarecedora que contribuye a la mejor calidad de vida sexual y emocional.




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Cigarros, seducción y sexo:


Todos recordamos a Humphrey Bogart seduciendo a la cámara mientras sostiene un cigarrillo. Como él, muchos otros famosos se prestaron a asociar su atractivo con el tabaco. Si en un principio fumar fue algo masculino, “de hombres seductores”, más tarde fue un símbolo de la mujer liberada, glamurosa y femenina. Hay cientos de películas donde el cigarro se usa como una herramienta de flirteo; aparece incluso asociado al clímax de una apasionada relación sexual, donde aún entre sábanas se encienden un cigarrillo para comentar lo excitante de la experiencia.


Pero, ¿realmente un cigarrillo entre los labios resulta atractivo? ¿Favorece el tabaco la sexualidad? En realidad el tabaco, en grandes cantidades, tiene efectos más bien perjudiciales sobre la sexualidad. El más estudiado de ellos es la impotencia o disfunción eréctil. Los estudios demuestran que el tabaco afecta al sistema circulatorio, esto incluye al sistema vascular peneano. La erección del pene funciona de la siguiente manera: el flujo sanguíneo aumenta su penetración en las arterias del pene. El sistema venoso peneano evita que esta presión salga del aparato reproductor mediante unas válvulas encargadas de esta función. De este modo se mantiene una fuerte presión sanguínea en esta zona, que es lo que posibilita la erección. Pues bien, este mecanismo es el que se halla alterado en muchos fumadores. La nicotina produce la dilatación del sistema venoso de modo que se dificulta la presión sanguínea, necesaria para mantener la erección. También se ha detectado arterioesclerosis en las arterias peneanas de los fumadores. De modo que el tabaco afecta directamente a la erección y a su mantenimiento.


Según numerosos estudios al respecto, fumar duplica el riesgo de padecer impotencia en hombres de entre 30 y 40 años. Según la Asociación Española para la Salud Sexual, el 24% de la disfunción eréctil se debe a trastornos vasculares, donde uno de los principales precipitantes es el tabaco. Según el doctor Francisco Cabello, Director del Instituto Andaluz de Sexología y Psicología, “Veinte cigarrillos diarios son suficientes para incrementar hasta un 60% el riesgo de padecer disfunción eréctil en hombres fumadores”.


Además se ha observado otro efecto a largo plazo del tabaco sobre la fertilidad. Disminuye la cantidad de eyaculación y la calidad de esperma. Las sustancias tóxicas de los cigarrillos afectan a la movilidad y morfología de los espermatozoides.


También se ha relacionado el tabaco con el bajo deseo sexual, más especialmente con el femenino. Incluso los propios fumadores se quejan del olor a tabaco: en el aliento, en el pelo y la ropa especialmente. El olfato es un sentido directamente relacionado con la sexualidad y el deseo. Las mujeres parecen ser las más sensibles a este factor. Muchas personas se quejan o sienten rechazo hacia el olor a tabaco. Ante el rechazo o la repulsión, ya sea o no consciente, la sexualidad tiende a retraerse. Hay que tener en cuenta que la primera fase de la relación sexual es el deseo. Si no hay deseo se hace difícil experimentar excitación. El tabaco también tiene efectos adversos en la lubricación vaginal, en la excitabilidad y en el tiempo para alcanzar el orgasmo.


El tabaco, lejos de potenciar la sexualidad, la empeora y dificulta. Por eso en la Unidad de Terapia Sexual y de Pareja comenzamos el año añadiendo a nuestra prestación de servicios terapias que ayuden a dejar de fumar a aquellos que así lo deseen. Ofrecemos tanto terapia individual como grupal. Lo interesante es saber que hay una recuperación elevada de los efectos adversos sobre la sexualidad que produce el tabaco una vez que éste es abandonado. Por eso apostamos por la terapia para dejar de fumar como una forma de conseguir una sexualidad más plena y satisfactoria.




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¿La persona que siempre soñaste?

Hace poco, me comentaba una compañera psicóloga como se asombró gratamente al recibir a un hombre de unos 60 años que mostraba una admiración y deseo profundos hacia su mujer. Después de tantos años, se sonreía al decir que llevaba más tiempo vivido en pareja que soltero.

Los psicólogos que trabajamos en terapia de pareja vemos por lo general a parejas que se sienten insatisfechas con su situación. Muchas veces los matrimonios llegan casi rotos, aún no han firmado el divorcio pero ya se han separado hace tiempo en sus corazones, construyendo vidas totalmente independientes.

Lo cierto es que no hace falta ser psicólogo para darse cuenta de la situación de desgaste que se repite en tantas parejas. A veces parece que las relaciones fuesen una especie de lotería, dónde las probabilidades de que te toque “la felicidad en pareja” es muy reducida. Mucha gente se desanima tras varios intentos, deciden abandonar y vivir sin arriesgarse a sufrir, o bien, continuar con la deprimente relación en la que viven, abandonándose a la idea de “es lo que me ha tocado”.

La pareja, como digo muchas veces, es algo dinámico, se construye o destruye día a día. Es interesante ver algunos de los factores en esa construcción. En está ocasión, me gustaría hablar sobre dos conceptos que considero importantes: la idealización y la admiración.

Es curioso como parejas que empiezan con mucha pasión, entrega y deseo, se evaporan rápidamente tras las primeras decepciones. La ilusión fue muy grande y ahora la decepción de lo que pudo haber sido y no es duele intensamente. El enamoramiento puede ser un estado maravilloso, pero también es un momento en el que uno parece vivir hipnotizado, sugestionado y excesivamente dispuesto a creer lo que deseamos que sea. Nuestras primeras experiencias con el amor y la decepción se trasladan al vínculo que establecimos con nuestros padres. Las carencias y heridas que llevamos de esa época son las que más tarde arrastramos a nuestra pareja. Buscamos encontrar quien supla esa necesidad. Por eso quizá decimos cosas como “es mi otra mitad”, “es la pieza que encaja conmigo” o “es la persona que siempre soñé”. Estas frases denotan cierta nostalgia del pasado, de huecos que se quedaron sin cubrir. Muchas veces buscamos que la persona que hemos conocido cumpla nuestros deseos de ser como nos gustaría que fuera. Esto es precisamente lo que hace la idealización. El proceso de idealizar es aquel que eleva las cosas más allá de lo real. La frase que mejor lo refleja es la de “ es mi pareja ideal”.

En la idealización no sólo situamos a nuestra pareja en una posición irreal, sino que le cargamos con el legado de cumplir nuestro deseo, de ser quien nos gustaría que fuese. Esta situación se puede mantener más o menos tiempo, pero finalmente uno acaba siendo como es y nos despertamos a la realidad de lo que tenemos en ese momento. Este despertar muchas veces se vive como un amargo desengaño. Para que ocurra el amor tiene que darse una transformación sustancial. Hay que pasar del ideal indestructible a la realidad de dos amantes con debilidades, flaquezas y enterezas. El amor acepta las carencias del otro así como las propias.

He visto como las parejas que atraviesan el tiempo y siguen apasionados, enamorados de alguna manera y satisfechos, son amantes que se profesan una profunda admiración. La admiración es ver y tener en estima a alguien por virtudes que consideramos especiales o extraordinarias. Saber valorar y considerar a una persona no siempre es fácil, sobre todo cuando las arrugas están marcadas por el paso del tiempo en compañía. La tendencia natural parece que fuera precisamente la contraria. Enseguida juzgamos, reprochamos o exigimos. Tendemos a fijarnos en lo que nos falta, en lo que no nos gusta. Esto es fácil de ver. Cuando uno se siente insatisfecho con su relación, fácilmente señala los defectos del otro. En cambio cuando preguntas por cómo se conocieron, cómo era cuando estaban enamorados, etc.; a muchos les brillan los ojos contando sus sentimientos, ilusiones y recordando cómo era su relación entonces y lo maravilloso de su amante. La admiración profunda y sincera es vital como ingrediente para que la relación perdure y además se viva de forma gratificante. Obviamente no es el único. Es importante que esta admiración sea mutua. Para ello es primordial sentirse uno válido, importante y merecedor de amor.

Damos de lo que tenemos, por eso cuando nos sentimos valiosos podemos valorar al otro. Un ejercicio que os propongo es el de buscar cada día una virtud que valoráis en vuestra pareja y tenerla en cuenta durante la interacción. Siempre podemos encontrar algo digno de admirar en otra persona sin caer en la idealización. Somos agentes activos en la construcción del amor.



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¡Me estresas!


Influencia del estrés en la pareja.

Se entiende por estrés aquella respuesta de activación que nuestro organismo realiza ante las demandas percibidas, en un intento de aumentar los recursos y así recuperar el equilibrio. Aunque a veces pueda no parecerlo, el ser humano tiene una tendencia natural a recuperar el equilibrio y para ello realizamos todo tipo de artimañas.


El estrés en si no es necesariamente negativo, es más, sin estrés no podríamos vivir porque no reaccionaríamos a tiempo ante un peligro o situación extraña. Se dice que el estrés tiene dos variantes. La primera, el estrés positivo o “eutrés”, hace que tengamos más motivación, que nos esforcemos más y que rindamos mejor. El estrés negativo o “distrés”, nos da una percepción muy grande de las demandas y mínima de nuestros recursos; provoca que nos bloqueemos o que rindamos pésimamente. El primer tipo activa en uno mismo sentimientos positivos como alegría, euforia, ganas de ganar, etc. El distrés, en cambio, desemboca en emociones negativas como rabia, miedo, desesperanza, etc. De este modo la habilidad para sentirnos mejor no es tratar de vivir sin estrés, sino conseguir que el estrés negativo se convierta en positivo y que, por consiguiente, el resultado de nuestro empeño mejore.


Hay que recordar que la relación de pareja está compuesta por dos personas, que cada una de ellas vive sometida a situaciones de estrés, y que no siempre se identifica la causa. Puede tratarse de cosas aparentemente “sin importancia”, pero que día a día hacen mella en la estabilidad del individuo. Cuando uno no es consciente de por qué siente estrés, es fácil que la tensión acumulada se descargue en alguien con quien tenemos confianza, como puede serlo nuestra pareja. Muchas veces traemos nuestra tensión externa y la volcamos en la relación, nos molestan esas “pequeñas manías”, esas “tonterías” y explotamos cuando no podemos soportar tanta carga.


Hay otras ocasiones en las que el foco principal del estrés no es externo a la pareja sino que se trata de la propia dinámica de relación. Sería el caso de esas personas que dicen estar bien hasta que llegan a su hogar; lo que supuestamente era un refugio se ha convertido en un campo de batalla.



En 1936 Hans Selye comenzó a usar el término estrés y, en concreto, definió un síndrome que lo caracterizaba: Síndrome General de Adaptación (S.G.A.). Distinguió tres fases en este proceso:

    1. Reacción de alarma: es la primera respuesta del organismo ante el estresor; nos indica una demanda mayor.
    2. Resistencia: si valoramos de forma positiva los recursos frente a la demanda, aumenta la resistencia por encima de lo normal y desaparece la reacción de alarma.
    3. Fase de agotamiento: tras una larga y continuada exposición al tensor, la energía se agota y reaparece la reacción de alarma, sólo que esta vez sin posibilidad de desaparecer.

Trasladando esto a la pareja podemos entender que hay un primer momento en el que uno detecta que hay algo que no va bien, que las cosas ya no son como antes. Es lo que Selye llamo reacción de alarma. Entonces tiene lugar un intento, en muchas parejas, de “reconstrucción”o de reintentar que las cosas funcionen. Este esfuerzo no siempre se da por parte de los dos. Puede que uno se proponga que la relación funcione “sea como sea” y el otro aún no se haya dado cuenta de la primera fase, la reacción de alarma. Los que se esfuerzan y obtienen como resultado sentirse mejor en pareja, estarán satisfechos, pues sentirán la estabilidad que proporciona el equilibrio. Pero los que luchan y luchan sin lograr esa satisfacción puede que acaben “abandonando” y eso no siempre es sinónimo de separación o divorcio. Hay personas que abandonan manteniendo la relación de pareja. Esta sería la tercera fase del Síndrome General de Adaptación (S.G.A.), la fase de agotamiento. Hay quien expresa ese agotamiento con una profunda desesperanza, llegando a sentir que cae en una profunda depresión. Otros pueden reaccionar con rabia: todo les molesta, se sienten resentidos e injustamente tratados, sienten que sus esfuerzos no han sido valorados y se expresan con riñas, exigencias y reproches. Algunos optan por “no expresar”; tratan de pasar tiempo fuera de casa, de “pasar desapercibidos” ante su cónyuge; parece que hubieran perdido la motivación o que se sintieran impotentes.

Es importante detectar la situación de estrés antes de llegar a esta tercera fase, para evitar daños mayores en uno mismo y en la relación marital. Pero incluso si se llega a la tercera fase, se puede recuperar la armonía. El primer paso es comprender nuestro estado y permitirnos sentir, experimentar y expresar el agotamiento sin la exigencia de “querer ser como antes”. El segundo paso está en un cambio de percepción, de comportamiento. No podemos cambiar el pasado, pero si podemos re-interpretarlo y asimilarlo en nuestra experiencia personal. La ayuda de un psicólogo, ya sea individual o para la pareja, puede venir muy bien.

Todos podemos ayudarnos, detectando el estrés que nos provoca una determinada situación y tratando de convertirlo en positivo. Ponernos metas demasiado altas nos lleva a exigirnos demasiado a nosotros mismos y a los demás. Quizá, en lugar de tratar de ser buen padre o madre, esposo o esposa, amante, amigo, compañero, un profesional de éxito, etc., podríamos empezar por ser nosotros mismos, aceptando nuestros errores como parte del aprendizaje para lograr el éxito. Estamos en un proceso. Aceptarse a uno mismo ayuda a aceptar la vida y a los demás.



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